Casa-cueva en Paterna (Valencia). Fuente: Dolor y Gloria. Pedro Almodóvar (2019)

El patrimonio residencial refleja, mejor que ningún otro, los modos de vida y costumbres de un determinado contexto geográfico a lo largo de su historia. Al mismo tiempo, ha sido el uso predominante en ciudades y pueblos desde su fundación. Paradójicamente, la arquitectura residencial presenta en términos generales un menor nivel de protección que la religiosa, defensiva o vinculada al poder civil. Tipos patrimoniales consolidados, que se han articulado desde consideraciones principalmente objetuales, en base a sus características formales y, por tanto, más próximo a una visión monumentalista caduca propia del siglo pasado.

La consideración del hecho habitacional se fundamenta en la evolución experimentada por la propia práctica patrimonial en las últimas décadas. Se ha avanzado sobre el concepto de Bien Cultural y la noción de construcción social del patrimonio, desplazando la atención desde la concreción material de los objetos hacia el sujeto que los demanda. Consecuentemente, están emergiendo nuevos valores y significados patrimoniales que están virando el interés y atención de los profesionales del patrimonio hacia bienes que hasta la fecha habían quedado en un segundo plano. Lo que ha llevado a que surjan también consideraciones patrimoniales sobre arquitecturas cotidianas, cada vez más recientes y desde nuevas pautas urbanas y territoriales. 

Aunque se ha avanzado en el reconocimiento del valor patrimonial de la arquitectura residencial (especialmente en el caso de los centros históricos, no así en los desarrollos periféricos del siglo XX), siguen siendo necesarias pautas generalizadas que redunden en un mayor reconocimiento social, especialmente en lo que respecta a la conservación del tejido residencial destinado a las clases populares. Cabe entender que estas arquitecturas están desprovistas de cualquier atisbo de excepcionalidad en cuanto que son asociadas a la cotidianeidad, por lo que difícilmente pueden aplicarse criterios de representatividad y singularidad. Se caracterizan en cambio por valores intangibles, vinculados al sentido de comunidad, a la identidad y, sobre todo, al enraizamiento en la historia de dicho lugar, mucho más difíciles de percibir, reconocer y, sobre todo, proteger. 

En muchos casos, tampoco son casos representativos de autenticidad e integridad por los altos índices de alteración que muchas viviendas presentan. El patrimonio residencial requiere de constantes adaptaciones derivadas de la evolución de las necesidades cotidianas y los nuevos estándares normativos. Igual que la integridad del bien no debe verse afectada por modificaciones que pongan en riesgo el significado cultural del mismo, dichos cambios pueden haber pasado ya a formar parte del bien. De igual manera, habrá que valorar si estas alteraciones devienen de su propia significación cultural, en tanto que da respuesta a los aspectos intangibles que fundamentan su patrimonialización. Ante esta dicotomía, cabe preguntarse sobre si es pertinente la fosilización o musealización de un hecho dinámico como es el habitar. 

Un par de personas sentadas en una mesa

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Casa Museo en el barrio de Slotermeer, Amsterdam. Fuente: Museo Van Eesteren (2015)

Cabe reconocer dos problemáticas diferenciadas entre el patrimonio residencial de los centros históricos y los barrios periféricos. Por un lado, el patrimonio se advierte como una oportunidad plausible de crecimiento gracias al fomento del turismo cultural. Si bien, es necesario reconocer que estamos ante un proceso que presenta luces y sombras en un ámbito tan vulnerable como el de los conjuntos patrimoniales. Sin lugar a duda el turismo juega un papel imprescindible en la propia recuperación patrimonial, sin embargo, plantea serios problemas cuando se convierte en la actividad predominante de estos entornos patrimoniales. Especialmente preocupante en el caso del patrimonio residencial con la proliferación de alojamientos turísticos, desplazando al principal valor de estos entornos: la población que allí reside. Reflexión que lleva necesariamente a la consideración de autenticidad en la práctica de la conservación, que implica necesariamente el reconocimiento del valor de uso.

Por su parte, gran parte de los barrios residenciales construidos en el siglo pasado se caracterizan por elevados niveles de obsolescencia, física, funcional y social, lo que se traduce en altos niveles de vulnerabilidad y una visión negativa generalizada que dificulta su reconocimiento patrimonial. Se han convertido en lugares no atractivos para la inversión, quedando fuera de las lógicas económicas que articulan el urbanismo actual. Sin embargo, poseen una posición estratégica en el tejido urbano actual, que les otorga un papel destacado para el desarrollo de estrategias de sostenibilidad.

En base a estas ideas, se propone construir una reflexión individual sobre los retos a los que se enfrenta el patrimonio residencial (de los centros históricos, de la periferia o del conjunto en la ciudad) en la actualidad y cómo el planeamiento especial de protección pude contribuir a su resolución. Para el desarrollo de este ejercicio crítico puede hacerse uso de uno o varios ejemplos que permitan ilustrar los argumentos esgrimidos. 

El debate estará abierto hasta el 28/06/2021.